Hace 350
millones de años no existía como lo hago ahora, por el contrario, era sólo una
cantidad de energía divagando por el universo, jugando con estrellas, algunas
fugaces, otras no, jugando con planetas, galaxias enteras eran mi distracción y
mi campo de juego, los soles me divertían y me recargaban con su infinito
poder, y no era quien está hoy sentada frente a esta vieja pero inspiradora y
divertida máquina de escribir.
En las
estrellas y su luz me resguardaba cuando los cometas amenazaban contra mi
seguridad. En los hoyos negros iba y
buscaba lo que nunca había perdido pero por alguna razón me llamaba y me hacía
desafiarlo todo al entrar a ellos. En
las cosas grandes, pequeñas, enormes o microscópicas encontraba la magia de un
universo aún bastante inexplorado, repleto de astros, sustantivos, momentos y
espacios por descubrir. No necesitaba
nada más que el paso de un cometa para darme un divertido paseo rodeada de
objetos celestes brillantes, otros no tanto, pero todos por igual interesantes.
Nada podría
salir mal, asteroides chocaban contra cualquier ente que se cruzara por su
camino, destruyendo parte de ambos como las solíamos conocer, dejando rastros y
huellas divagando por el infinito espacio de colores que formaba en aquel
entonces este precioso universo que yo, como una amorfa cantidad de energía,
disfrutaba recorrer, sin rumbo, sin fin, ah! Y lo mejor, sin afán, porque en
aquel entonces el tiempo no era más que la suma de duraciones de episodios, no
había ningún indicio de mortales humanos definiéndolo.
Todo era
naturalmente caótico y sistemático, así como me gusta, todo tenía su intrínseco
desorden y en cualquier momento algún elemento podría intentar variar el orden
y la forma casuística de las cosas y las situaciones y podría conseguirlo sin
mayores inconvenientes. Era un universo
bastante flexible, permitiendo a todas sus formas, elementos y partes coexistir
de manera que la libertad reinaba en el avance de un cometa, de la misma forma
como lo hacía en el paso veloz de un asteroide y en el movimiento orbital de
tantos planetas que podría visitar con tan sólo proponérmelo.
Ahora, que
la luz del Sol de nuestro sistema se va alejando de esta parte de la Tierra, el
cielo se va tornando oscuro y comienzan a hacerse visibles todos estos
elementos universales que hoy, 350 millones de años después tanto extraño, pues
ahora sólo los puedo ver a miles de años luz de distancia y ni puedo soñar con
volver a montarme sobre un cometa y viajar sin afán y tan libre como sólo en
esa época pude hacerlo. Veo en nuestro
cielo pequeñas manchitas luminosas, unas más grandes que otras, pero todas
comparten la misma característica, son inalcanzables y hermosas. Cómo quisiera poder aún viajar y divagar por
el universo como esa amorfa cantidad de energía, en vez de tener que
conformarme con sentarme en esta cama extraña frente a esta vieja máquina y
vomitar tecleando esta sensación que de repente me cayó como una descarga de
los gases de la superficie de Júpiter.
Creo
firmemente que ser el cielo ahora no es una casualidad, es un nombre que llegó
a mí como el destino, como el destino de las Lunas de recibir golpes
indiscriminados de asteroides y rocas celestes, que las tocan para deformarlas
porque no tienen mayor forma de evitarlo pues en vez de contar con una
protectora atmósfera cuentan con su enorme fuerza gravitacional, que no hace
más que traerles abolladuras y totazos.
He perdido
la razón, probablemente, luego de tanto tiempo divagando por el universo, me resulta
un tanto extraño vivir en un cuerpo que no puede ni volar, pero me gusta mucho
recordar aquellas épocas de naturaleza infinita y poderosa, de libertad, de
viajes constantes y no controlados. Me
resulta divertido y más que acogedor aceptar que una vez, hace 350 millones de
años, era universal, como la energía que cuando abandone este cuerpo pasará a
otro estado y en otra aventura me embarcará…
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