lunes, 26 de julio de 2010

Rayando el suelo

Rayando el suelo con mis manos, con mis pies, con mi cuerpo.

Los crayones y los lápices los dejé en otro lugar, esta vez no los uso.

Me arrastro, despacio, intentando avanzar, aunque sin norte no le encuentro mucho sentido.

Desgarro mis uñas y raspo mi cuerpo, lleno mis manos y mis pies de cortaditas y heridas, al esforzarme por no detenerme y que las patadas del mundo no me anulen el espíritu.

El lugar es un poco oscuro, alcanzo a ver porque mis ojos fácilmente se adaptan a la oscurudad, pero no veo muchas luces, no encuentro muchos lugares que me regalen la esperanza suficiente para levantarme aunque sea un poco y empezar a caminar, por eso sigo rayando el suelo.

Rayándolo, llenándolo de fisuras, formas, desgastes, figuras, raspones, dejando rastros de cualquiera de mis lentos y desubicados movimientos.

Me detengo por un minuto y siento que por encima pasa un tren velozmente, sacudiendo el lugar.  Es el continuo movimiento del resto de mundo.  Me asusta y me cubro con las manos la cabeza, me halo el pelo y sale de mi interior un grito agonizante y desesperado, lloro y miro alrededor, no hay nadie, tal vez haya algo en una pared cercana, tal vez alguien dejó una pista o una señal.

Decidir hacia donde apuntar mi arrastre es igual de complicado que avanzar, puedo resultar en ningún lado, lejos de las pistas, las luces o las señales, o puedo encontrar ese lugar que propicie mi levantamiento para que pueda caminar.

Perdida mientras me arrastro y voy rayando el suelo, dejando marcas en las superficies que toco y cicatrices en mi cuerpo, que cada vez se va tornando más oscuro y frío, a causa de ir llevando conmigo la sangre que se va mezclando con la suciedad que acompaña desde siempre un suelo como este.

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