viernes, 3 de abril de 2009

Esa canción...

El día que conocí esa canción había sido un día bajo, uno de esos días que no funcionan para el bien sino para sacar lágrimas de los ojos.  Alguien había puesto un freno de la manera más absurda en un sentimiento y una forma de vivir que no lograba comprender, no me pude quedar quieta y entregué un regalo, que no podía ser más sencillo y simbólico a la vez, con la intención de sacudir una mente que se abría y se cerraba a una velocidad que no lograba comprender.
El día que conocí esa canción había comenzado a perder la esperanza, la resignación estaba haciendo su efecto y el cansancio y la deshidratación empezaban a aflorar el "me importa un culismo" que tantas veces había manejado a la perfección, sin embargo cuando me senté a escucharla sentí sus ojos clavados sobre mi cara, hoy tantos meses después me recuerdo temblando, mordiendo los labios y mirando fijo hacia el nombre que aparecía en el panel.
El día que conocí esa canción no supe si creer que se refería a un futuro cercano en el que inevitablemente nuestras vidas se iban a separar, o se refería a que en ese momento ya estaba lejos y siempre iba a perseguir la luz de mi estrella, que ya estaba lejos y que tan sólo quería abrazarme.
El día que conocí esa canción, al presente que se toca en ella me aferré y preferí sonreír con lágrimas en los ojos, al mirar su cara sonriente mientras leía la letra escuchándome traducir partes, no sé porqué sentí que todo podía volver a ser como quería que fuera y cambié la luz de uno de los pequeñitos semáforos.
Debí haberme aferrado a la segunda opción, debí creer que ya se había ido y debí dejar en ese entonces que todo terminara...Debí quedarme con la escala menor y el grito de dolor final y aceptar mi fracaso, debí dejar de pretender que todo podía llenarse de colores y de corazones rojos, debí leer entre sus reacciones que no íbamos a tener corazones rojos sino rotos.

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